CAPÍTULO 3: EXILIO
Meleiz no duró mucho tiempo en el suelo, pues poco después ya se había puesto en pie de nuevo. No obstante, no era él… Era algo difícil de explicar, pero le pasaba lo mismo que con Garok. Algo controlaba sus acciones, pero seguía siendo él mismo.
-Espera… ¿has despertado? – preguntó Crilligan, sorprendido, al ver como Meleiz se levantaba.
-No, no lo ha hecho. Yo lucharé por él. Mi nombre es Balok, y soy su Protector – era su boca la que se movía, su voz la que sonaba, pero había un extraño tono imperioso en ella que a Meleiz no le parecía deparar nada bueno.
De pronto, sus piernas se movieron a una velocidad asombrosa. De una forma increíble, casi instantánea, ya estaba al lado de Crilligan, y una enorme espada, que ahora se encontraba empuñando sin saber de dónde había salido, se hundía en el vientre del General.
La sangre empezó a brotar. Cálida y espesa, derramándose sobre la superficie de la espada. El acero, frío, contrastaba con el calor, poco a poco disminuyendo, del cuerpo de Crilligan.
Meleiz… no, Balok, retiró la espada con un grácil movimiento.
-¡Cabronazo! ¡Dile al chico la verdad! – Crilligan parecía desesperado. Se movía con dificultad, lentamente, pero lo hacía.
Meleiz observaba todo. Sentía todo lo que ocurría. Pero no era partícipe. Era una sensación extraña, al igual que pasó con Garok.
¿Qué pasaba ahora? ¿Crilligan se preocupaba por él? ¿El malo era Balok? ¿Qué estaba ocurriendo? Meleiz no entendía lo que estaba ocurriendo…
-Ni siquiera voy a rematarte. Sufrirás una muerte lenta y dolorosa… - obviamente, Balok quería evitar el tema. ¿Qué era tan importante ocultarle?
Y entonces, Crilligan saltó. Seguramente utilizando toda su fuerza, la que todavía conservaba. Un pequeño reguero de sangre manchaba la tierra mientras avanzaba.
Balok ni siquiera se molestó en evitarlo. Simplemente dejó que cayera sobre él y le tirara al suelo.
-Puedo escuchar todo lo que piensas – la voz sonaba amenazante. Un cuchillo pronto estuvo contra su cuello, a punto de desgarrar la carne – así que espero que no pienses en hacer ninguna tontería, por tu propio bien… y por el del chico.
-Sabes que el chico no morirá tan bien como lo sé yo… - replicó Balok, tratando de parecer más poderoso, tratando de demostrar que tenía la situación bajo control. Incluso Meleiz creyó que intentaba alejar el tema que había sugerido Crilligan.
-Sabes que hay formas de acabar con un Arcano tan bien como lo sé yo – dijo Crilligan a modo de respuesta.
¿Arcano? ¿Qué estaba ocurriendo? ¿De qué estaban hablando? ¿Matarle?
-Ninguna que puedas llevar a cabo en estas circunstancias. No te quedan fuerzas ni para apartarte – Balok parecía impaciente. Apoyó una mano con suavidad en el costado de Crilligan, y luego empujó.
La fuerza empleada no fue demasiada, pero pronto el general rodaba por el suelo hacia la derecha, mientras Balok se ponía en pie. Crilligan no pudo ahogar un agudo quejido de dolor, mientras hacía enormes esfuerzos por ponerse a la altura de Balok.
-Eres ridículo – crítico, a lo que después siguió un escupitajo. El general lo aceptó como algo normal mientras seguía intentando levantarse. La imagen de las piernas de Crilligan siendo separadas de su cuerpo cruzó la mente de Meleiz. No era algo agradable en absoluto.
Sin embargo, eso en ningún momento ocurrió. ¿Qué pasaba? ¿Ahora Balok podía hacerle tener visiones? Perfecto… ahora no sería capaz de distinguir la realidad de la fantasía…
Crilligan seguía entero, con ambas piernas, tambaleándose, levantándose… Pero sin ningún miembro descuartizado.
Después, Balok se fue. Realmente no existe término alguno para definir lo que aconteció. Simplemente Meleiz recuperó el control.
Su primer reflejo fue el de ir a ayudar a Crilligan, pero se frenó inmediatamente. Tenía que empezar a corregirse; ya no le servía de nada ser buena persona, debía sobrevivir.
Pensó en el motivo por el cual se encontraba allí. Salvar a su gente. Salvar a gente que mereciera ser salvada.
Pero… ¿por qué? ¿Qué le había dado el pueblo a él? Rechazo, marginación, incluso intentos de asesinato. ¿Y él tenía que salvarles la vida?
De pronto, algo interrumpió sus pensamientos. Una piedra golpeó su cabeza.
El dolor no fue tan grande como siempre se había imaginado. Notó como algo cálido empezaba a llenar su rostro, al menos el lado derecho, donde le había alcanzado la piedra.
Entonces, algo se clavó en su vientre. En realidad, no se clavó, simplemente le golpeó pinchando. Un rastrillo, adivinó cuando todas las puntas entraron en contacto con su piel.
-¡LO HE VISTO TODO! ¡ERES UN MONSTRUO! – era un hombre fuerte, musculoso, de anchas espaldas y enormes brazos, que le atacaba con lo primero que había conseguido encontrar. Meleiz ni siquiera recordaba su nombre.
Rodó por el suelo a tiempo para esquivar el rastrillo cayendo sobre su cuerpo. Poco a poco empezaba a escuchar los provenientes de la aldea, empezaba a sentir el calor de las llamas, veía las enormes columnas de humo alzándose hacia el cielo… cosas que tras la posesión habían ido volviendo a sus sentidos poco a poco, ya que Meleiz no se le ocurría otra solución razonable.
-Espera… no sabes lo que dices – trató de tranquilizarle mientras se ponía en pie. En su mano volvía a estar su cuchillo. Ni siquiera había notado el cambio. Simplemente la enorme espada de Balok había desaparecido para dar lugar a su arma anterior. Sin embargo, aquello era ya más peligroso que lo que portaba el hombre frente a él.
-¡LO HE VISTO TODO! – repitió. El rastrillo calló sobre él verticalmente. Pudo dar un paso a la derecha a tiempo para esquivarlo, y después corrió hacia su atacante.
Él, al ver como Meleiz llevaba un cuchillo, soltó el rastrillo y le asestó un puñetazo en cuanto lo tuvo cerca. Meleiz apenas pudo ver como el gancho se estrellaba contra la barbilla, ni tampoco cuando combinó eso con una larga cadena de golpes. Sin embargo, eso, que antes le hubiera dolido enormemente, ahora apenas le producía cosquillas. Se dejó golpear. No encontraba ningún motivo por el que no tuviera que hacerlo. Que su cuerpo fuera tratado como un sparring no le importaba en absoluto.
Y entonces, cuando el hombre vaciló, paró unos segundos… fue entonces cuando arremetió. Meleiz tampoco usó su arma, la había metido en su funda en el cinto momentos antes, simplemente rodeó al hombre con los brazos, le levantó del suelo y empezó a correr hacia el centro de la aldea, hacia el clamor de la batalla.
Se movía muy rápido, mucho más de lo que nunca hubiera creído posible, pero la sensación de velocidad era mínima, lo veía todo con total nitidez.
Finalmente llegó a su destino. Los hombres, las mujeres y los niños, todos por igual, se defendían como malamente podían del ataque enemigo, mientras que los que les estaban asediando les obligaban a retroceder.
No se paró. Usando al hombre de escudo humano empezó a derribar una hilera de soldados, para después soltarlo y desenfundar su cuchillo. ¿Por qué hacía aquello? No lo sabía. Simplemente, sentía la imperiosa necesidad de ayudar a la gente. Poco le había servido su intento de corregirse al no ayudar a Crilligan. Aún seguía siendo una persona decente.
Avanzando por el flanco derecho, apenas atacando, poco a poco fue rompiendo la formación enemiga mientras los aldeanos empezaban el contraataque triunfal.
Con un poco de suerte, el hombre que había tratado de matarle con el rastrillo ahora estaría muerto y no podría contar nada. Quizás eso le permitiera volver a ser querido por la gente. Al fin y al cabo, ¡ahora él era el salvador! ¡Él era el héroe!
La batalla poco a poco empezó a cambiar su forma de pelear. El enemigo, que parecía seguir concentrado en eliminar a la masa de aldeanos, apenas se había fijado en él, por lo que podía avanzar con facilidad entre ellos. Sin embargo, al rato optó por empezar a luchar con frenesí.
Meleiz quiso pensar que sería debido al influjo de Balok. Nadie nunca quiso sacarle de su error, al ver como amaba la batalla, la gente se echaba atrás al verlo pasar.
Ahora parecía un demonio. Se movía con una velocidad asombrosa, apenas dando tiempo a nadie para alcanzarle. Y los que si eran lo suficientemente rápidos, no lo eran igual de diestros.
El olor de la sangre… los huesos de los muertos quebrándose bajo el peso de los hombres luchando… el cuchillo yendo y viniendo, desgarrando todo lo que encontraba en su camino… Su propio cuerpo rodando, saltando, girando… Sin embargo, Meleiz era dueño de sus acciones, no Balok. Todo lo que hacía, lo hacía él, no la otra persona con la que coexistía en su interior.
Al poco tiempo, todo había pasado. Ni una hora habían tardado en repeler la invasión. Hazaña que, sin la inestimable ayuda de Meleiz, no hubieran logrado.
Todo terminó cuando el chico se agachó y clavó su cuchillo en el cuello de un enemigo. Y entonces, sintió repulsión. Todas las imágenes se sucedieron en su mente de dieciséis años: no había defendido a su pueblo. Había masacrado al enemigo, sin dar opción a ningún enemigo a escapar. La curiosidad se entrelazó con el asco. Las atrocidades que había cometido… ¿cómo podía haber hecho semejante cosa sin haberse percatado siquiera de lo que estaba pasando? ¿Cómo podía no haber sentido el asco que sentía en esos momentos mientras su cuchillo hacía semejantes destrozos?
Se puso de pie, tratando de controlar la bilis que subía por su garganta, y miró a los aldeanos. ¿Qué estaba esperando exactamente? Quizás algo de reconocimiento. Agradecimiento, incluso. Lo único que recibía eran miradas de terror. Sí, eso era comprensible por parte de los niños, pero muchos de los adultos hubieran dado sus vidas a cambio de haber contribuido como lo había hecho él con la invasión.
“-Mátalos – de nuevo esa voz grave, autoritaria, que le había ordenado quedarse en el pueblo. Realmente pensaba que era Balok, pero la frase sugerente de Crilligan llegó con fuerza a su mente: “puedo escuchar todo lo que piensas” - ¿A qué esperas? ¿Crees que merecen tu compasión? – el hecho de que alguien pudiera estar leyendo su mente en esos momentos, y que él no pudiera hacer lo mismo le inquietaba.”
No lo hizo. No obedeció. Negó con la cabeza, y entre sus pensamientos, dejó que uno prevaleciera, para que quien fuera que le estaba hablando obtuviera la respuesta: ¡No!
-Meleiz… - era una de las aldeanas. Katia, de 16 años, al igual que él. ¿Qué querría ella ahora? Su voz estaba impregnada de terror, ¿por qué hacía aquello entonces? ¿A quién quería demostrarle nada hablando con él?
-¿Qué? – replicó, secante. Quería dejar claro que no estaba dispuesto a entablar ninguna conversación. Eran ellos los que habían comenzado a mirarle mal…
-¿Sabes que todos te agradecemos lo que has hecho, verdad? – él no contestó. La miró largamente, esperando a que continuara. ¿Por qué le enfadaba tanto que la gente que habría deseado matarle un par de semanas atrás le tuvieran miedo ahora? ¿Tanto le molestaba el no ser aceptado? -. Pero a los mayores les pareces un peligro. ¡Piensan que tú les has traído aquí! –la voz temblaba, como si pensara que Meleiz fuera una bestia incapaz de controlarse -. ¿Verdad que es una ridiculez? – y ahora intentaba quitarse parte de la culpa. Estaba seguro de que ella también lo habría seguido marginando si no le tuviera miedo.
-Quieren que me vaya – no dejó que la chica terminara de hablar. No quería perder el control con ella. Una cosa es insinuar, otra es afirmar. ¿La estaba protegiendo? ¿Por qué? Ella simplemente afirmó con la cabeza – Después de haber salvado el pueblo, quieren que me vaya… - ¿cuándo se había vuelto Meleiz agresivo? La venganza clamaba en su interior por ser cumplida.
Se obligó a distraerse con otra cosa. Katia, era perfecta. Intentó adivinar el cuerpo que las ropas escondían, tratando de alejar la rabia de su mente para dar lugar a sus desenfrenadas hormonas.
-Exacto… - Katia no pudo decir nada más. Simplemente temblaba bajo la firme mirada de Meleiz.
-¿Y tú vendrías conmigo? – trataba pobremente de parecer interesante empleando un tono de voz grave y firme, más adulto. Se estaba divirtiendo a costa de la pobre chica. Si decía que sí, lo habría hecho sintiéndose obligada. Si dijera que no, ella debía pensar que moriría. Pasara lo que pasara, Katia salía perdiendo.
-Pues… la verdad es que… - parecía preocupada. ¿Cómo podía Meleiz disfrutar ahoga de un juego infantil como aquel?
-Era una broma – dijo Meleiz. El alivio de la chica fue instantáneo. Él dejó escapar una sonora carcajada -. Quería abandonar el pueblo con una sonrisa.
¿Qué le ocurría a su personalidad? ¿Acaso ésta había desaparecido? Porque a juzgar por lo cambiante de sus impulsos, eso era lo que parecía. Era como un autómata controlado por distintas personas.
Y entonces, sin despedirse siquiera, se dio la vuelta y empezó a caminar.