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miércoles 28 de enero de 2009

Capítulo 3: Exilio

CAPÍTULO 3: EXILIO

Meleiz no duró mucho tiempo en el suelo, pues poco después ya se había puesto en pie de nuevo. No obstante, no era él… Era algo difícil de explicar, pero le pasaba lo mismo que con Garok. Algo controlaba sus acciones, pero seguía siendo él mismo.

-Espera… ¿has despertado? – preguntó Crilligan, sorprendido, al ver como Meleiz se levantaba.

-No, no lo ha hecho. Yo lucharé por él. Mi nombre es Balok, y soy su Protector – era su boca la que se movía, su voz la que sonaba, pero había un extraño tono imperioso en ella que a Meleiz no le parecía deparar nada bueno.

De pronto, sus piernas se movieron a una velocidad asombrosa. De una forma increíble, casi instantánea, ya estaba al lado de Crilligan, y una enorme espada, que ahora se encontraba empuñando sin saber de dónde había salido, se hundía en el vientre del General.

La sangre empezó a brotar. Cálida y espesa, derramándose sobre la superficie de la espada. El acero, frío, contrastaba con el calor, poco a poco disminuyendo, del cuerpo de Crilligan.

Meleiz… no, Balok, retiró la espada con un grácil movimiento.

-¡Cabronazo! ¡Dile al chico la verdad! – Crilligan parecía desesperado. Se movía con dificultad, lentamente, pero lo hacía.

Meleiz observaba todo. Sentía todo lo que ocurría. Pero no era partícipe. Era una sensación extraña, al igual que pasó con Garok.

¿Qué pasaba ahora? ¿Crilligan se preocupaba por él? ¿El malo era Balok? ¿Qué estaba ocurriendo? Meleiz no entendía lo que estaba ocurriendo…

-Ni siquiera voy a rematarte. Sufrirás una muerte lenta y dolorosa… - obviamente, Balok quería evitar el tema. ¿Qué era tan importante ocultarle?

Y entonces, Crilligan saltó. Seguramente utilizando toda su fuerza, la que todavía conservaba. Un pequeño reguero de sangre manchaba la tierra mientras avanzaba.

Balok ni siquiera se molestó en evitarlo. Simplemente dejó que cayera sobre él y le tirara al suelo.

-Puedo escuchar todo lo que piensas – la voz sonaba amenazante. Un cuchillo pronto estuvo contra su cuello, a punto de desgarrar la carne – así que espero que no pienses en hacer ninguna tontería, por tu propio bien… y por el del chico.

-Sabes que el chico no morirá tan bien como lo sé yo… - replicó Balok, tratando de parecer más poderoso, tratando de demostrar que tenía la situación bajo control. Incluso Meleiz creyó que intentaba alejar el tema que había sugerido Crilligan.

-Sabes que hay formas de acabar con un Arcano tan bien como lo sé yo – dijo Crilligan a modo de respuesta.

¿Arcano? ¿Qué estaba ocurriendo? ¿De qué estaban hablando? ¿Matarle?

-Ninguna que puedas llevar a cabo en estas circunstancias. No te quedan fuerzas ni para apartarte – Balok parecía impaciente. Apoyó una mano con suavidad en el costado de Crilligan, y luego empujó.

La fuerza empleada no fue demasiada, pero pronto el general rodaba por el suelo hacia la derecha, mientras Balok se ponía en pie. Crilligan no pudo ahogar un agudo quejido de dolor, mientras hacía enormes esfuerzos por ponerse a la altura de Balok.

-Eres ridículo – crítico, a lo que después siguió un escupitajo. El general lo aceptó como algo normal mientras seguía intentando levantarse. La imagen de las piernas de Crilligan siendo separadas de su cuerpo cruzó la mente de Meleiz. No era algo agradable en absoluto.

Sin embargo, eso en ningún momento ocurrió. ¿Qué pasaba? ¿Ahora Balok podía hacerle tener visiones? Perfecto… ahora no sería capaz de distinguir la realidad de la fantasía…

Crilligan seguía entero, con ambas piernas, tambaleándose, levantándose… Pero sin ningún miembro descuartizado.

Después, Balok se fue. Realmente no existe término alguno para definir lo que aconteció. Simplemente Meleiz recuperó el control.

Su primer reflejo fue el de ir a ayudar a Crilligan, pero se frenó inmediatamente. Tenía que empezar a corregirse; ya no le servía de nada ser buena persona, debía sobrevivir.

Pensó en el motivo por el cual se encontraba allí. Salvar a su gente. Salvar a gente que mereciera ser salvada.

Pero… ¿por qué? ¿Qué le había dado el pueblo a él? Rechazo, marginación, incluso intentos de asesinato. ¿Y él tenía que salvarles la vida?

De pronto, algo interrumpió sus pensamientos. Una piedra golpeó su cabeza.

El dolor no fue tan grande como siempre se había imaginado. Notó como algo cálido empezaba a llenar su rostro, al menos el lado derecho, donde le había alcanzado la piedra.

Entonces, algo se clavó en su vientre. En realidad, no se clavó, simplemente le golpeó pinchando. Un rastrillo, adivinó cuando todas las puntas entraron en contacto con su piel.

-¡LO HE VISTO TODO! ¡ERES UN MONSTRUO! – era un hombre fuerte, musculoso, de anchas espaldas y enormes brazos, que le atacaba con lo primero que había conseguido encontrar. Meleiz ni siquiera recordaba su nombre.

Rodó por el suelo a tiempo para esquivar el rastrillo cayendo sobre su cuerpo. Poco a poco empezaba a escuchar los provenientes de la aldea, empezaba a sentir el calor de las llamas, veía las enormes columnas de humo alzándose hacia el cielo… cosas que tras la posesión habían ido volviendo a sus sentidos poco a poco, ya que Meleiz no se le ocurría otra solución razonable.

-Espera… no sabes lo que dices – trató de tranquilizarle mientras se ponía en pie. En su mano volvía a estar su cuchillo. Ni siquiera había notado el cambio. Simplemente la enorme espada de Balok había desaparecido para dar lugar a su arma anterior. Sin embargo, aquello era ya más peligroso que lo que portaba el hombre frente a él.

-¡LO HE VISTO TODO! – repitió. El rastrillo calló sobre él verticalmente. Pudo dar un paso a la derecha a tiempo para esquivarlo, y después corrió hacia su atacante.

Él, al ver como Meleiz llevaba un cuchillo, soltó el rastrillo y le asestó un puñetazo en cuanto lo tuvo cerca. Meleiz apenas pudo ver como el gancho se estrellaba contra la barbilla, ni tampoco cuando combinó eso con una larga cadena de golpes. Sin embargo, eso, que antes le hubiera dolido enormemente, ahora apenas le producía cosquillas. Se dejó golpear. No encontraba ningún motivo por el que no tuviera que hacerlo. Que su cuerpo fuera tratado como un sparring no le importaba en absoluto.

Y entonces, cuando el hombre vaciló, paró unos segundos… fue entonces cuando arremetió. Meleiz tampoco usó su arma, la había metido en su funda en el cinto momentos antes, simplemente rodeó al hombre con los brazos, le levantó del suelo y empezó a correr hacia el centro de la aldea, hacia el clamor de la batalla.

Se movía muy rápido, mucho más de lo que nunca hubiera creído posible, pero la sensación de velocidad era mínima, lo veía todo con total nitidez.

Finalmente llegó a su destino. Los hombres, las mujeres y los niños, todos por igual, se defendían como malamente podían del ataque enemigo, mientras que los que les estaban asediando les obligaban a retroceder.

No se paró. Usando al hombre de escudo humano empezó a derribar una hilera de soldados, para después soltarlo y desenfundar su cuchillo. ¿Por qué hacía aquello? No lo sabía. Simplemente, sentía la imperiosa necesidad de ayudar a la gente. Poco le había servido su intento de corregirse al no ayudar a Crilligan. Aún seguía siendo una persona decente.

Avanzando por el flanco derecho, apenas atacando, poco a poco fue rompiendo la formación enemiga mientras los aldeanos empezaban el contraataque triunfal.

Con un poco de suerte, el hombre que había tratado de matarle con el rastrillo ahora estaría muerto y no podría contar nada. Quizás eso le permitiera volver a ser querido por la gente. Al fin y al cabo, ¡ahora él era el salvador! ¡Él era el héroe!

La batalla poco a poco empezó a cambiar su forma de pelear. El enemigo, que parecía seguir concentrado en eliminar a la masa de aldeanos, apenas se había fijado en él, por lo que podía avanzar con facilidad entre ellos. Sin embargo, al rato optó por empezar a luchar con frenesí.

Meleiz quiso pensar que sería debido al influjo de Balok. Nadie nunca quiso sacarle de su error, al ver como amaba la batalla, la gente se echaba atrás al verlo pasar.

Ahora parecía un demonio. Se movía con una velocidad asombrosa, apenas dando tiempo a nadie para alcanzarle. Y los que si eran lo suficientemente rápidos, no lo eran igual de diestros.

El olor de la sangre… los huesos de los muertos quebrándose bajo el peso de los hombres luchando… el cuchillo yendo y viniendo, desgarrando todo lo que encontraba en su camino… Su propio cuerpo rodando, saltando, girando… Sin embargo, Meleiz era dueño de sus acciones, no Balok. Todo lo que hacía, lo hacía él, no la otra persona con la que coexistía en su interior.

Al poco tiempo, todo había pasado. Ni una hora habían tardado en repeler la invasión. Hazaña que, sin la inestimable ayuda de Meleiz, no hubieran logrado.

Todo terminó cuando el chico se agachó y clavó su cuchillo en el cuello de un enemigo. Y entonces, sintió repulsión. Todas las imágenes se sucedieron en su mente de dieciséis años: no había defendido a su pueblo. Había masacrado al enemigo, sin dar opción a ningún enemigo a escapar. La curiosidad se entrelazó con el asco. Las atrocidades que había cometido… ¿cómo podía haber hecho semejante cosa sin haberse percatado siquiera de lo que estaba pasando? ¿Cómo podía no haber sentido el asco que sentía en esos momentos mientras su cuchillo hacía semejantes destrozos?

Se puso de pie, tratando de controlar la bilis que subía por su garganta, y miró a los aldeanos. ¿Qué estaba esperando exactamente? Quizás algo de reconocimiento. Agradecimiento, incluso. Lo único que recibía eran miradas de terror. Sí, eso era comprensible por parte de los niños, pero muchos de los adultos hubieran dado sus vidas a cambio de haber contribuido como lo había hecho él con la invasión.

“-Mátalos – de nuevo esa voz grave, autoritaria, que le había ordenado quedarse en el pueblo. Realmente pensaba que era Balok, pero la frase sugerente de Crilligan llegó con fuerza a su mente: “puedo escuchar todo lo que piensas” - ¿A qué esperas? ¿Crees que merecen tu compasión? – el hecho de que alguien pudiera estar leyendo su mente en esos momentos, y que él no pudiera hacer lo mismo le inquietaba.”

No lo hizo. No obedeció. Negó con la cabeza, y entre sus pensamientos, dejó que uno prevaleciera, para que quien fuera que le estaba hablando obtuviera la respuesta: ¡No!

-Meleiz… - era una de las aldeanas. Katia, de 16 años, al igual que él. ¿Qué querría ella ahora? Su voz estaba impregnada de terror, ¿por qué hacía aquello entonces? ¿A quién quería demostrarle nada hablando con él?

-¿Qué? – replicó, secante. Quería dejar claro que no estaba dispuesto a entablar ninguna conversación. Eran ellos los que habían comenzado a mirarle mal…

-¿Sabes que todos te agradecemos lo que has hecho, verdad? – él no contestó. La miró largamente, esperando a que continuara. ¿Por qué le enfadaba tanto que la gente que habría deseado matarle un par de semanas atrás le tuvieran miedo ahora? ¿Tanto le molestaba el no ser aceptado? -. Pero a los mayores les pareces un peligro. ¡Piensan que tú les has traído aquí! –la voz temblaba, como si pensara que Meleiz fuera una bestia incapaz de controlarse -. ¿Verdad que es una ridiculez? – y ahora intentaba quitarse parte de la culpa. Estaba seguro de que ella también lo habría seguido marginando si no le tuviera miedo.

-Quieren que me vaya – no dejó que la chica terminara de hablar. No quería perder el control con ella. Una cosa es insinuar, otra es afirmar. ¿La estaba protegiendo? ¿Por qué? Ella simplemente afirmó con la cabeza – Después de haber salvado el pueblo, quieren que me vaya… - ¿cuándo se había vuelto Meleiz agresivo? La venganza clamaba en su interior por ser cumplida.

Se obligó a distraerse con otra cosa. Katia, era perfecta. Intentó adivinar el cuerpo que las ropas escondían, tratando de alejar la rabia de su mente para dar lugar a sus desenfrenadas hormonas.

-Exacto… - Katia no pudo decir nada más. Simplemente temblaba bajo la firme mirada de Meleiz.

-¿Y tú vendrías conmigo? – trataba pobremente de parecer interesante empleando un tono de voz grave y firme, más adulto. Se estaba divirtiendo a costa de la pobre chica. Si decía que sí, lo habría hecho sintiéndose obligada. Si dijera que no, ella debía pensar que moriría. Pasara lo que pasara, Katia salía perdiendo.

-Pues… la verdad es que… - parecía preocupada. ¿Cómo podía Meleiz disfrutar ahoga de un juego infantil como aquel?

-Era una broma – dijo Meleiz. El alivio de la chica fue instantáneo. Él dejó escapar una sonora carcajada -. Quería abandonar el pueblo con una sonrisa.

¿Qué le ocurría a su personalidad? ¿Acaso ésta había desaparecido? Porque a juzgar por lo cambiante de sus impulsos, eso era lo que parecía. Era como un autómata controlado por distintas personas.

Y entonces, sin despedirse siquiera, se dio la vuelta y empezó a caminar.

viernes 2 de enero de 2009

Capítulo 2: No es el típico príncipe azul, Parte 2: Torneo.

-Espere, mi lord – Roark se dirigía al monarca. Aunque su expresión era más extrañada que alarmada o aterrada, se le notaba inquieto -. A mí no se me dijo nada, usted no tiene derecho a…
Pero antes de que pudiera terminar, su padre le dio una fuerte bofetada. Una marca roja afloró en la mejilla del joven, y un pequeño hilo de sangre empezó a deslizarse por la superficie del rostro.
-Papá… ¡para! – era la primera vez que Sienna se enfrentaba a su padre. La primera vez que levantaba la voz. Era una sensación liberadora.
Antes de que pudiera Sienna darse cuenta de lo que ocurría, recibió ella también una bofetada.
Sin embargo, la diferencia de físico entre ella y su padre era infinitamente más notable que la que había entre el monarca y el príncipe, por lo que la bofetada no solo le hizo un reguero de sangre en la mejilla, sino que también la tiró al suelo.
-Tú no te atrevas a hacer nada, zorra – aquellas palabras fueron duras para ella, el vozarrón grave de su padre se extendió por toda la sala -. Vistes como una furcia, solo para tu principito. Más de una vez te he visto coqueteando con algunos soldados también. Debería dejar que esos soldados te probaran, para ver si eres digna del “principito”. Solo te conservo viva porque eres la viva imagen de tu madre, pero siempre me avergüenzas – aquello la tomó por sorpresa. ¿Qué le había pasado al rey? ¿Qué le ocurría a su padre? ¿Había perdido acaso la cabeza? ¿Se había vuelto loco? La reina no se parecía en nada a ella.
-Déjelo, señor – Roark empuñaba ahora una espada, y ésta apuntaba directamente al pecho del rey -. No se atreva a tocar a Sienna, o le atravieso el pecho con esta espada.
-¿Realmente serías capaz? ¿Aunque fueras a ir a prisión? ¿Aunque el castigo fuera tu ejecución? – quiso saber el rey, dejando escapar una sonora risotada. Roark, serio, simplemente acortó la distancia.
-¿Lo duda acaso?
-Muy bien, chico. Puedes quedártela, es toda tuya. Ha sido un “torneo” bastante curioso – ese era el monarca que ella conocía. Jovial, alegre… había cambiado totalmente. Sin embargo, ¿por qué la había pegado? -. Lamento el daño, y las palabras que hayan podido molestaros, a ambos. Era simplemente para… añadir realismo – a Sienna no le hacía gracia, nada de gracia. Odiaba no saber lo que ocurría a su alrededor.
Miró a su padre, tratando de borrar toda expresión de desagrado de su rostro. Era un hombre alto, enormemente alto, muchísimo más que Roark, de músculos marcados bajo la seda y anchas espaldas. Tampoco le gustaba nada que la trataran como si de un objeto se tratara: “Puedes quedártela”; como si ella no tuviera el derecho a decidir, aunque su respuesta fuera a ser la misma.
Roark bajó lentamente la espada, y después la enfundó en su vaina, escondida en el interior de su camisa de seda, a la espalda, oculta tras la capa sujetada con ribetes de oro a sus hombros. Se encaminó hacia Sienna y agarró su delgado brazo con fuerza. Ella lo atribuyó a su igual desagrado.
Y es que, realmente su padre había ido demasiado lejos. ¿Hacían falta las bofetadas? ¿Las humillaciones? Al menos ella no lo entendía… Y tampoco comprendía el comentario que hizo el monarca. “Solo te conservo viva porque eres la viva imagen de tu madre.” La reina era espantosamente diferente a ella, ya no solo física sino también psicológicamente. No entendía cuanto realismo añadía aquello a la escena, pero prefirió ahorrarse todo comentario y guiar a su prometido escaleras arriba, hacia su habitación.
-¡¡Recuerda que no debes tocarla hasta la noche de bodas!! – gritó el rey, jovial. Todo el que lo escuchó dejó escapar una sonora carcajada.
-Lo tendré en cuenta, mi lord – contestó el príncipe, tratando de mostrarse igual de jovial y alegre. Sin embargo, la broma no le había hecho gracia, como si ofendiera su honor y su inteligencia el no poder mantenerse casto.
-Gracias por protegerme ahí abajo – comentó Sienna, rodeando el brazo derecho del príncipe, pegándose a él.
-Ha sido un placer – contestó él, mientras abría una puerta y entraba a la habitación de la chica.

miércoles 31 de diciembre de 2008

Capítulo 2: No es el típico Príncipe Azul; Parte 1: Roark

CAPÍTULO 2: NO ES EL TÍPICO PRÍNCIPE AZUL

Sienna estaba emocionada. Oleadas de excitación recorrían su cuerpo. Aquella noche le conocería. A su prometido, el príncipe Roark. Dejó escapar un suspiro mientras se miraba en el espejo.

No sabía cómo funcionaba aquel extraño artefacto, pues era extremadamente escaso; muy poca gente tenía la posibilidad de ver su rostro con tanta claridad en Ihrmab.

Sienna llegó a pensar que el espejo estaba encantado, pues en él siempre se reflejaba un rostro de facciones extremadamente bellas: cabello rubio que caía liso hasta debajo de los hombros, ojos azules, labios finos, tez morena debido al influjo del sol… ¿cómo era posible aunar tal magnitud de perfección? O al menos, era lo que ella se decía a sí misma cada vez que se veía.

A sus diecisiete años, Sienna nunca se había relacionado, ni emocional ni físicamente, con varones. Las personas del sexo masculino le estaban prohibidas, hasta esa noche, cuando finalmente conocería a su príncipe azul… Otro suspiro…

-¡Está bellísima hoy, mi lady! – exclamó Mara, la sirvienta, al verla arreglada mientras entraba a la enorme habitación.

-Gracias, Mara – contestó Sienna, observándose aún en el espejo. Llevaba un vestido extremadamente escotado y sugerente, que además dejaba desnuda gran parte de su espalda, hasta la cintura. El vestido se acababa al empezar los muslos, enseñando también las torneadas piernas, fruto de su ejercicio diario. Quizás a su padre le pareciera inapropiado para una princesa; le daba igual. Ella quería estar lo más atractiva posible para su Roark.

Y entonces, escuchó el sonido de ruedas repiqueteando sobre la piedra. Ya debía estar al llegar.

Corrió a su balcón y observó. Sin embargo, había algo en La Torre que atraía su mirada. Aquella enorme edificación, que destacaba sobre las demás, donde habitaban los Arcanos.

Sin embargo rápidamente miró hacia abajo para verlo. Cabellos negros como el azabache, figura esbelta y musculosa, pose elegante, paso firme…

Definitivamente, era como un príncipe azul.

Se dio la vuelta y buscó unos zapatos adecuados. No podía bajar descalza...

Unos zapatos de tacón elevado y fino, que la hacían dos palmos más alta. Eso sería perfecto.

Bajó las enormes escaleras de la casa, antes castillo, pero derruido para evitar molestos ataques. Poca gente sabía cuál era la residencia real sin ser aldeanos

Llegó al recibidor principal y vio la mirada de su padre, de desaprobación, pero no hizo ni caso. Vio como la puerta se abría con impaciencia, y vio al chico entrar. Apuesto, fuerte, de porte majestuoso… lo que ella se había imaginado.

Inmediatamente la mirada del chico se centró sobre ella. Un leve rubor cruzó sus mejillas.

-Supongo que ésta será la princesa Sienna – comentó él, acercándose a ella, agarrando su mano y besándola, ignorando al resto de los allí reunidos -. Eres mucho más bella de lo que nunca me habría imaginado.

-Tú también eres mucho más apuesto de lo que podría haber siquiera soñado - dijo ella a modo de respuesta.

-Bueno, ya tendréis tiempo de conoceros - intervino su padre -. Ahora, príncipe Roark, si es tan amable, me gustaría que acudiera conmigo al torneo.

-¿Torneo? - quiso saber Sienna. Nadie le había dicho nada de un torneo.

-Claro. El Torneo de tu matrimonio. Tu prometido deberá luchar para demostrar que merece tu mano, es la tradición... - a juzgar por la expresión perpleja de Roark, él tampoco se lo esperaba. ¿Tradición? Sienna nunca había oído hablar de aquello -. Pero no te preocupes, son meras formalidades - y aunque el tono de su padre era inquietante, Sienna no se atrevió a replicar.

viernes 26 de diciembre de 2008

Capítulo I: Invasión, Parte 2: Ataque

+***+
Visto desde fuera, podría parecer que la culpa era suya. Aunque, técnicamente, así era.
Tenía la cabeza gacha y continuaba reflexionando cuando escuchó un grito. No hizo caso. Sería algún borracho que habría introducido su mano por algún escote que no debería, y ya estaba. No era de su incumbencia.
Y entonces, otro grito. Más por curiosidad que por preocupación alzó la cabeza. Y le sorprendió ver lo que había frente a él. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¡El pueblo entero estaba ardiendo! La gente caía al suelo con flechas incrustadas en sus pechos, ardiendo. Los niños, los que no habían muerto, lloraban con fuerza. Aquello era un completo caos.
Se llevó la mano al cinto y agarró el cuchillo. Cuando a cada paso que das surgen más de cien asesinos potenciales, más valía estar preparado.
Lo sacó de su funda y se preparó. No sabía qué tenía que hacer si llegaba el momento de la batalla. Nunca nadie le había enseñado.
Corrió a lo largo de toda la aldea, en busca de algún grupo de personas que pudiera ser salvado. Extrañamente, él no recibía flecha alguna.
Al ver que lo único que quedaba vivo era lo que conseguía sobrevivir a las flechas, decidió escapar.
<<-¡No lo hagas! – sonó una voz en su cabeza. Tenía un tono grave y poderoso, autoritario, completamente distinto a cualquier voz que hubiera escuchado antes>>.
-¿Quién eres? – quiso saber Meleiz, preguntando en voz alta.
-Mi nombre es Crilligan, y he venido a por ti – la voz sonó a su espalda alta y clara. Se giró tratando de clavarle el cuchillo a quien fuera que estaba hablando, pero no encontró más que aire.
-¿Por qué nos estáis atacando? ¿Qué queréis del pueblo? – preguntó Meleiz, mientras esperaba a que Crilligan volviera a mostrarse. Esta vez lo hizo delante de él.
Era un chico de su edad. Tenía el cabello oscuro, y los ojos grises. Vestía una enorme armadura negra, y llevaba en la mano una enorme espada.
-Mujeres… tierras… dinero… os estamos saqueando. En la guerra, todo vale – contestó Crilligan -. Ah, y era mentira eso de que venía a por ti. Ni siquiera sé quién eres, pero pareces ser el único que hace algo en vez de lamentarse, por lo que te considero un sujeto interesante.
La ira empezó a crecer dentro de Meleiz. Al igual que la última vez, cuando se enfrentó a Garok. ¿Por qué demonios perdía el control contra alguien qué trataba de quitar de en medio a alguien qué le repudiaba?
Atacó con el cuchillo, pero Crilligan era más rápido. Meleiz apenas fue capaz de verle moverse hasta que le tuvo detrás. Y entonces sintió algo frío clavándose en su espalda, y después un ardor mientras el acero se retiraba rápidamente.
Se giró, dispuesto a contraatacar, pero un puño le golpeó en el vientre. De su boca empezaba a brotar sangre. Apenas veía bien. Era incapaz de tenerse en pie.
¿Por qué luchar? Tal vez la muerte fuera el perdón de sus pecados. Tal vez sería la única forma que tenía de redimirse.
Sus rodillas se doblaron, y cayó al suelo sobre ellas, levantando una pequeña nube de polvo. Veía todo de una forma mucho más difuminada, y mucho más lentamente. Todo se movía de una forma exageradamente lenta.
Y entonces pudo notar perfectamente como la espada se clavaba en su yugular. Cada muesca del arma, cada centímetro desafilado. El dolor había desaparecido, se había convertido en un intenso pitido agudo en su oído que le impedía apreciar sonido alguno. ¿Era aquello todo lo que se sentía al morir? ¿Sólo aquello? Era… incluso decepcionante. De haber sido eso castigo suficiente por sus crímenes, se habría entregado a los fríos brazos de la muerte semanas atrás, y se habría evitado el calvario que había supuesto estar recordando el rostro de Garok cada día.
Empezó a sentirse mareado. Y, sin poder evitarlo, vomitó. Aunque, técnicamente no era vómito, sino una desagradable sustancia espesa que mezclaba sangre y carne.
Notó como el acero que estaba incrustado en su cuello se deslizaba con velocidad, dejando una sensación de ardor extrañamente helado donde estaba antes el acero.
Y entonces, Meleiz se desplomó.

jueves 25 de diciembre de 2008

Desarrollo de Personajes de: El Destino de Un Arcano (Parte 1)

Bueno, hoy es navidad, y por eso tengo que haceros un regalo a todos los lectores de este blog. La trama, en líneas muy geneales, no es mi esquema de 30 páginas (solo para El Destino de un Arcano), pero os vale para saber que es lo que va a ocurrir durante toda la historia. Os aviso, habrá detalles que si realmente os interesa, es mejor no saber, pero como sé que hay gente que le encanta saber lo que va a pasar en cada momento... pues aquí va.
De todas formas, antes quería hacer un anuncio. Aunque la historia estaba pensada para contar únicamente el POV (Point of View, Punto de Vista) de Meleiz, he cambiado de opinión. Ya sabía que era lo que les iba a ocurrir a cada uno, para evitar errores de concordancia, así que lo único que voy a hacer es aumentar el número de páginas, y de detalles, para profundizar en los personajes. Y, aunque haya personajes que os parezcan totalmente innecesarios porque tengan una historia aparte, sabed que todos serán importantes y estarán relacionados en el futuro (a ver que sale de este pequeño proyecto de Novela Río... estoy temblando..).
Y aquí os va el resumen de personajes:

-Meleiz: Joven de dieciséis años, alto, de pelo castaño y ojos azules. Desde los dieciséis años ha empezado a desarrollar su poder como Arcano, tras darse cuenta de que los tenía al asesinar a su mejor amigo.

El pueblo en el que habita es incendiado, y durante la quema se encuentra con Crilligan, un joven misterioso y oscuro que tiene la capacidad de hablar telepáticamente con la gente, al que trata de asesinar. Sus intentos son inútiles, hasta que despierta a Balok, un espíritu dormido en su interior, que toma el control de su cuerpo y le ayuda en la lucha. Sin embargo, ni con eso es capaz Meleiz de acabar con Crilligan, pero sí de dejarle gravemente herido y hacer que las tropas se retiren.

Los aldeanos, pensando que era Meleiz el causante de la invasión, lo expulsan del pueblo y se ve obligado a buscarse la vida. Con poco que comer, en medio de un bosque, se encuentra con un Cazador (Asesino de Arcanos), Losko, que le enseña a sobrevivir. Hasta que, un día, Meleiz vuelve a desatar su poder como Arcano, esta vez manifestándolo mediante una enorme explosión.

Al darse cuenta de la verdadera función de un Arcano, Meleiz lucha contra Losko, y tras verse infinitamente superado por el poder del Cazador, Balok le fuerza a escapar y tratar de sobrevivir.

Durante su persecución, Meleiz llega accidentalmente a Ihrmab, ciudad donde, como él descubrirá posteriormente, residen los Arcanos. Sin embargo, cuando está a punto de reunirse con ellos, un grupo de soldados le rodea y le lleva ante el rey. Sin embargo, antes de encontrarse con éste, se encuentra a la princesa Sienna, una bella joven más o menos de su edad que, lamentablemente para él, lo trata con desprecio.

Tras llegar ante el Monarca, éste le comunica su intención de asesinarlo. Le dice que el motivo es para asustar a los Arcanos, para que salgan a la luz y se entreguen.

El último capítulo acaba con Meleiz atado a una hoguera, que está ardiendo, y los ciudadanos de Ihrmab apedreándole.

-Crilligan: General, primero en saber realmente lo que es Meleiz. Se enfrenta a él durante la captura de Kaeb, el pueblo natal del chico, y no es capaz de derrotarle. Tras quedar malherido, hay una laguna en su memoria de aproximadamente dos meses, y cuando despierta, en medio de una cabaña alejada, en un bosque, se da cuenta de que ha perdido su habilidad principal, la telepatía. En busca de respuestas, Crilligan va a Ihrmab, la ciudad de los Arcanos, donde quiere preguntar a éstos que le pasaba. Sin embargo, en su camino a La Torre, la residencia de los Arcanos, se encuentra con una multitud aglomerada en torno a algo que no alcanza a ver, gritando e insultando.

De pronto, miles de voces empiezan a sonar en su mente, a gritos. Se da cuenta de que está pasando lo que le ocurrió cuando obtuvo el poder: que no era capaz de controlarlo. Estaba leyéndole la mente a todo el pueblo.

Queriendo saber cuál es el motivo, empieza a hacerse paso entre la multitud, y cuando ve a Meleiz, se sorprende. No sabe que hacer: o salvarle, pues estaba seguro de que era él el que le había devuelto sus poderes, o dejar que lo asesinaran. El tiempo corre, y las llamas de la pira empiezan a extenderse.

-Sienna: Joven de la edad de Meleiz, de cabello rubio y ojos verdes. Desde que era pequeña ha sido la princesita mimada en el castillo. A medida que iba creciendo, su belleza aumentaba, lo que no ayudaba en absoluto a reducir su egocentrismo. Hasta que conoce a Roark, un joven príncipe extranjero al que ha sido prometido. En apariencia, un joven de su edad, apuesto, fuerte, atlético, dueño de su cuerpo y de su mente, pero que en la intimidad es un maltratador que disfruta con el sufrimiento de la princesa. Esto le obliga a madurar, y a darse cuenta de que, a veces, ser la mejor no es la mejor opción.

Poco tiempo pasa desde que conoce a Roark hasta que llega Meleiz, un chico que podría ayudarle a escapar del maltrato al que está constantemente sometida, pero no puede hacer nada con un prisionero, y prefiere tratarlo con desprecio.

Desde su ventana, durante la mañana siguiente, observa con lástima como los ciudadanos lo apedrean, y desea hacer algo para salvarle, pero nota la fuerte mano de Roark rodeándole la cintura. Poco después, la empuja por el balcón y ella cae al vacío.



Hasta aquí, dentro de un rato os pongo la segunda parte.

miércoles 24 de diciembre de 2008

Capítulo I: Invasión, Parte 1: Recuerdos

CAPÍTULO I: INVASIÓN



La noche caía ya sobre la aldea cuando las voces se elevaron a la par que los cánticos. La fiesta de la cosecha.
Meleiz observaba tranquilo como la gente bailaba alrededor de la enorme hoguera, encendida en el centro del pueblo.
Hombres y mujeres, niños y niñas, todos danzaban juntos mientras reían y disfrutaban. Él, sin embargo, sentía envidia.
¿Para qué ocultarlo? Él no tenía amigos, las chicas nunca se le acercaban, los mayores le trataban como un bicho raro. Y, al fin y al cabo, era verdad. Si no… ¿cómo se explicaba las explosiones que había a su alrededor? ¿Cómo podría la gente explicar las ráfagas de viento que le rodeaban cuando estaba enfadado? ¿O los objetos que se movían solos? Sencillamente no podían. Simplemente lo tachaban de raro.
Y todo desde aquel día, un mes atrás, en el que descubrió que tenía poderes.

+***+

-¡Hola, Meleiz! – saludó alegremente Garok desde lo lejos. El aludido se giró a ver a su amigo y alzó la mano en señal de saludo.
El chico se quedó quieto mientras su amigo se acercaba. Llevaba sobre los hombros un cervatillo. El animal llevaba los ojos cerrados, con expresión de serenidad; pero un agujero atravesaba su costado. El arco colgado del hombro de Garok y el puñal en el cinto estaban más que a la vista, y a un observador casual le hubiera parecido extraño, pero Meleiz ya estaba familiarizado con la indumentaria de su amigo.
-Un día de estos tienes que llevarme a cazar contigo – le comentó a Garok, con un extraño tono ansioso en la voz. Ni él mismo sabía que era lo que le atraía tanto de quitar la vida a criaturas bellas y gráciles como los ciervos, o jugarse la vida luchando con jabalís salvajes; simplemente quería hacerlo.
-La carnicería parece estar cada día más lejos… - comentó Garok, ignorando el tema. Como hacía siempre. ¿Por qué su amigo se negaba a dejar que le acompañara? Al fin y al cabo, ambos eran prácticamente de la misma edad, y Meleiz era hábil con el arco, y ágil como pocos. ¿Qué era lo que hacía dudar a su amigo?
-O tú estás cada día más viejo – bromeó el otro, con una sonrisa, tratando de seguirle la corriente. Llegaría un momento en que Garok no podría eludir más sus peticiones, y entonces se vería obligado a llevarle. Solo tenía que esperar…
-Eso he de reconocerlo – contestó, riendo a carcajada limpia -. Pero el pueblo necesita cazadores. No podemos permitirnos perder a ninguno, o cuando llegue el invierno...
-Si necesitáis cazadores, ¿por qué no a mí?
Garok inmediatamente se puso serio. Una expresión seria cruzó su rostro, generalmente afable y jovial. Agarró a Meleiz por el cuello, lo levantó y luego le golpeó contra el suelo.
El chico solo sintió un dolor agudo en la espalda, pero no parecía nada grave.
-¡¿Pero qué coño te pasa?! – quiso saber, mientras se ponía de pie. Le miró a la carga durante unos segundos y le atizó un poderoso puñetazo. Garok era mucho más alto que él, robusto y fuerte también, pero le fue extrañamente fácil tumbarle. De hecho, apenas necesitó hacer fuerza para moverle. Pero se esforzó por herirle.
Y entonces lo notó. Un ligero ardor en su cabeza, y un líquido cálido recorriendo su espalda. Le habían golpeado en la cabeza, no en la espalda. ¿Cómo se atrevía a golpearle en la cabeza? Podría haberle matado…
Y la ira llenó su interior. Su pecho se hinchó, y constantes ráfagas de un aire descontrolado y brutal. Solo existían Garok y él, y solo había sitio para uno.
-¡Mi nariz! – gritó Garok, con una mano en el rostro tratando de taponar la hemorragia como fuera posible, después de levantarse. ¿Se la había roto? ¿Tan fuerte había golpeado?
Sin embargo, aquellos pensamientos pronto desaparecieron, y la ira volvió a él.
Le agarró por el chaleco de cuero, lo atrajo hacia él y le asestó un rodillazo en el vientre. Garok se dobló de dolor.
Había un extraño placer en aquello, una sensación de superioridad y poder morbosamente gratificante.
Meleiz aprovechó la posición para alzar el brazo y golpear en la nuca con el codo a Garok. El chico se desplomó.
Y entonces ocurrió.
Nunca le había vuelto a pasar lo de aquella tarde, tal manifestación de poder, tal grado de sed de sangre…
El cuerpo de Garok se elevó mágicamente. Meleiz ya no era él mismo.
Bueno, técnicamente sí que lo era; veía a través de sus ojos, sentía a través de su piel, era consciente de todo lo que hacía. Pero se dejaba llevar. Sus acciones eran controladas por algo de lo más profundo de su interior.
Y por cada puñetazo que asestaba a lo largo de todo el torso de Garok, algo explotaba a su espalda.
Siguió golpeando y golpeando, incansable, sin cesar.

domingo 21 de diciembre de 2008

Prólogo

PREFACIO

-Pero de eso hace ya mucho tiempo… - terminé, observando a los jóvenes, sentados en sus pupitres, expectantes. Había sido una hora muy larga…

-¿Y ya está? ¿Termina así? – preguntó una chica, sin molestarse en alzar la mano si quiera. Ya podría haber pedido la palabra…

-Por supuesto que no – repliqué, como si la respuesta fuera obvia -. Pero el final no merece ser contado.

Ya estaba guardando todos los folios y carpetas en mi maletín mientras el resto de los chicos reflexionaban sobre la última frase. Me dirigí con paso firme hacia la salida del aula.

-Adiós, chic…

-Adiós, señor Rashard – aquello me tomó por sorpresa. Me giré casi al instante. No, no era posible que me hubieran reconocido. Richard Harrison era ,mi nombre actual, y mi faceta la de un anciano escritor cuentacuentos, faceta que ocultaba la verdad, que era el último… el único superviviente de aquella noche fatídica…

-Vamos, chico, no bromees – la voz, al menos eso pensaba, era de un chico.

-No lo hago – ahora pude verle realmente. Era joven, alto, fuerte, y tras sus gafas se escondían unos ojos que delataban una sabiduría que aquellos tiempos no podían proporcionar. Hice memoria, y al cabo de un par de segundos lo reconocí. ¿Cómo podía aquello estar ocurriendo? Yo era el último, los había matado a todos. Pero aquello no podía ser una simple quimera creada en mi mente, pues la mayor parte de los alumnos del aula se giraron hacia el chico, que se encontraba extrañamente serio.

-Ha sido un placer, chicos – pero no, no lo había sido. Abandoné el aula y salí de aquel instituto lo antes que pude, monté en mi viejo coche y arranqué el motor.

Solo quería encontrar un lugar tranquilo y alejado donde esconderme, pues no me cabía duda. A partir de ese momento se iniciaría una cacería, una persecución a vida o muerte, y después de tantos años, no quería morir.